Felipa tomó la palabra para contarnos cómo
el diablo se llevó a una muchacha del barrio de Tlacoapa:
" Cerca del panteón de Xilotepec, frente a la mentada cueva del
Diablo, estaban los lavaderos públicos. Ahí había un
ojo de agua, el de la Noria, donde mi mamá lavaba la ropa; yo le ayudaba
a cargarla.
-Si, el edificio porfiriano hoy es el teatro "Carlos
Pellicer", -anotó Marina con cierto aire presuntuoso.
"Pero el manantial ya no existe, ya se secó,
las mujeres que iban a lavar dicen que ése manantial era muy enamorado.
Cuando se acercaban las muchachas el ojo de agua borbotaba con más
fuerza; y saltaba así porque el diablo vivía allí y esa
era la manera en que coqueteaba con ellas. La gente sabía que el diablo
vivía en ese lugar y contaban que ya se había llevado a una
muchacha del barrio de Tlacoapa.
"Una vez llegaron dos hermanas a lavar ropa,
luego, luego el líquido comenzó a saltar de puro gusto. Casi
al instante apareció a la entrada de los lavaderos un hombre con aspecto
de catrín y empezó a piropear a las muchachas. Una de ellas
respondió: "No nos venga a fregar. ¡Lárguese!"
El insólito personaje se limitaba a reír y a reincidir en su
galantería. De pronto, la muchacha; enojada, le arrojo un jucarazo
de agua; más el asombro se aposentó en el rostro de los presentes
cuando vieron que el agua formo un arcoiris en torno al tipo.
"Azoradas gritaron: ¡Es el diablo; Algunas
recogieron su ropa y se fueron precipitadamente. Otras se santiguaron temblorosas
y el catrín se esfumó.
"Al pardear la tarde, las hermanas recogieron
su ropa seca y se encaminaron rumbo a su casa"
"En el primer puente del barrio de San Marcos
se les apareció el arcoiris idéntico al que rodeó al
supuesto diablo; En el segundo puente, ¡de nuevo, el arcoiris!, Sólo
que esta vez la fue siguiendo hasta la entrada de la casa, en Tlacoapa, donde
con todos sus colores, el arco flotaba arriba de la puerta"
"Las jóvenes nunca volvieron más
a los lavaderos"
Con el tiempo se supo que una de las hermanas enfermó y una noche se
presentó el catrín y la pidió a sus padres para desposarla.
Los señores aceptaron, esperanzados en que su hija sanara con el sacramento
matrimonial.
La ceremonia nupcial fue celebrada en la parroquia de San Bernardino de Siena,
pero a la iglesia nomás llegó el catrín solito, y después
de la misa se llevó a su esposa.
Extrañados, los familiares de la novia se
fueron al barrio de Tlacoapa, a festejar sin los dos protagonistas principales.
Todos pensaron que el hombre había llevado a su mujer de luna de miel,
pero los desposados jamás regresaron.
Pasaron los años y los vecinos se olvidaron
de la pareja, hasta que algunas señoras que lavaban en el manantial
se percataron de que, exactamente a las doce del día, el manantial
se aquietaba y podía verse en el fondo del borbollón surtidor
a la muchacha de Tlacoapa, la esposa del catrín, sentada, encantada,
tejiendo.
-Eso sí es verdad- dijo Martina y agregó-.
Les voy a contar cómo el diablo enamorado quedó embotellado.